Se cumplen 240 años de la fecha en que la “Universidad Complutense mereció la honra de ser la primera que colocara sobre la cabeza de una dama española la borla de los doctores”
Datos Históricos de la Ciudad de Alcalá de Henares
Anselmo Raymundo Tornero
Alcalá de Henares, día 5 de junio de 1785.
Desde que las ansias de saber me trajeran a esta ciudad y el favor de un Rector condescendiente me otorgará porvenir cerca de las cátedras, aliviándome la pesadumbre de haber salido por la “puerta de los carros” de esta docta casa, no he conocido ocasión de júbilo, ni decepción, de discordia, ni fraternidad mayor que las que han deparado los acontecimientos del día de hoy.
Alargaré por ello mi parte cotidiano, donde rara vez anotó otra cosa que visitas, cuentas y recados del trajín universitario para referir los hechos y causas que, finalmente, han conjurado a los estudiantes de Alcalá para fundar su propia hostería, desde ahora entusiasmado cenáculo de sus cuitas y apetitos.
Hace un par de meses me tocó colgar en el tablón de anuncios de nuestro vestíbulo una disposición firmada por el conde de Floridablanca que decía, a la letra, lo siguiente: “El Rey, en atención a las distinguidas circunstancias de doña María Isidra Guzmán y de la Cerda, hija del marqués de Montealegre, y enterado Su Majestad de las muy sobresalientes cualidades personales de que está dotada, permite y dispensa, en caso necesario, que se confiera a esta señora los grados de la Filosofía y Letras humanas, precediendo los ejercicios correspondientes. En Aranjuez, a 20 de abril de 1785”.
Es decir, que nuestro rey Carolo III, como le nombran en latines, honraba a la Universidad Complutense con la distinción de colocar a una mujer el birrete del doctorado por primera vez en España, al tiempo que encomendaba a su claustro una misión insólita y, dada la voluntad regia, apremiante.
Doña María Isidra de Guzmán está en verdad dotada de un ingenio rarísimo. Faldas y talento casan. Esta mañana ha estremecido al graderío del Paraninfo cuando, apoyada en la tribuna doctorado, ha despachado en griego y en latín, en italiano, francés y castellano, según venía a cuento, cuestiones críticas de historia natural y de filosofía, de retórica y cálculo, de física y ética. En noviembre fue nombrada miembro de la Real Academia Española de la Lengua y siendo la primera y única dama que accede a tan alta asamblea, ha tenido la natural pretensión de doctorarse en Letras, antes de consumar su oración de ingreso.
No es extraño que eligiera Alcalá para laurearse. Nuestra universidad (y me la apropio, pues, aunque soy lego en ella, llevo aquí tantas jornadas como el más antiguo de los maestros o el más recalcitrante de los estudiantes), nuestra universidad, digo, se siente avanzada entre todas las de España. Se sabe que su germen estuvo en las Escuelas del antiguo Complutum desde el año 938, quinientos años antes que los estatutos del cardenal Cisneros establecieran cuarenta y dos cátedras del saber humano y normas tales como la elección del rector y los catedráticos por mayoría de votos de los colegiales, asunto de enjundia que aún escuece, pero que liberó para siempre la vida universitaria de Alcalá.
A propósito del doctorado de la dama, sólo preocupaban a nuestro Rector, don Pedro de Rojas, algunas consideraciones de forma: ¿cómo moderar la efusión tradicional de los abrazos que todos los doctores habían de dar a su nueva colega?, ¿cómo enmendar el ritual del nombramiento cuyo rigor comprende, en dicho y hecho, la imposición de “la espuela dorada de los caballeros”? Respecto a delicadas pruebas doctorales, como la de soportar las objeciones a su tesis en un vejamen jocoso y acaso zahiriente, el rector opto por la naturalidad, soslayando cualquier miramiento en virtud del sexo de la candidata. Por lo que a mí respecta, fui privado de portar la bandeja con los atributos doctorales, función sacrosanta del bedel, en beneficio de un hermano suyo, a la sazón colegial de los Manrique, cosa que me disgusto un tanto, perdida ya toda esperanza de colocar la espuela en el castro tobillo de la doctora, acción suprimida ahora del ritual que –por vez primera–, me apetecía.
Toda la comunidad universitaria ha vivido pendiente de los ejercicios académicos de doña Isidora, cuyo discurso sobre Aristóteles, titulado Anonimus hominis est, espiritulis, ha sido refutado por tres catedráticos de Prima y consolidado luego por ella, con tanto carácter y vigor, que válgame su consorte cuando lo tenga. El claustro se ha pronunciado unánime, concediéndola el título de doctor y nombrándola profesora honoraria de filosofía moderna. A mediodía ha recibido el anillo y las insignias del doctorado. Solamente el rector y los decanos han tenido derecho a consumar el fraternal abrazo de rigor.
En la plaza de la Redondilla, ante la fachada universitaria, se ha concentrado un gentío venido de todos los confines de la patria para festejar el acontecimiento. Grandes de España, representaciones diplomáticas y elevadas jerarquías del Estado han querido consolidar con su rango el singular episodio académico, con los estudiantes al frente vestidos de manteo azul, con sus becas y roscas del color reglamentario de sus colegios y facultades, entonando vítores y cánticos entusiasmados a la primera doctora de España.
Del portón ha salido bajo mazas la corporación universitaria, con el estandarte de Cisneros precediendo a doña María Isidra, que vestía ya su muceta de raso y el birrete coronado con borla de seda azul. Por la Ronda de San Diego, la calle de los Libreros, la del Tinte y la de las Juanas, engalanadas de adornos y guirnaldas, ha llegado entre aclamaciones al Palacio Arzobispal, donde una estudiantina aguardaba con su música y cánticos a la lúcida doctora, quien ha traspasado la verja alegre y conmovida por el entusiasmo estudiantil.
A partir de entonces se ha desencadenado el conflicto. Un ujier ha ido convocando a las entidades, jerarquías y cortesanos invitados al banquete que iba a celebrarse en el interior, desgranando premiosamente nombres, títulos y corporaciones hasta que, finalmente, ha dado con la puerta en las narices a los estudiantes.
La decepción ha invadido a quienes son provecho y razón de ser de la universidad. El alborozo se ha tornado en agravio anímico y en contrariedad física, pues ningún denominador común expresa tanto la vida estudiantil como el buen apetito. Alguno ha verificado el menosprecio histórico que sufre el estudiante, recordando el invencible temor que causó en Torrelaguna, pueblo natal del cardenal Cisneros, su primer propósito de fundar allí la universidad: “Los estudiantes, con sus algaradas turbarán la tranquilidad pueblerina y además se comerán las uvas de los viñedos y la fruta de los huertos”, replicó entonces aquel concejo municipal. Otros han tratado de consolarse desdeñando el afrancesamiento alimenticio que impera en la Corte borbónica, tendencia segura de un convite de tanta prosapia. El lujo y el mal gusto son inseparables, ha dicho algún colegial invocando la reciente doctrina Rousseau. “En Aranjuez –ha manifestado otro–, sirvieron días pasados unos caracoles con mantequilla dentro: ¿puede comerse algo tan absurdo?”. La mayoría no ha podido reprimir un ruidoso y espontáneo abucheo, todo un contrapunto de las también sinceras aclamaciones de antes. Como en los toros, vamos.
La noticia de la afrenta estudiantil ha corrido cual reguero de pólvora mientras los estudiantes, con más hambre que vergüenza, han tomado la de Villadiego para paliar su gazuza con el exiguo rancho de sus Colegios.
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Dicen que Alcalá de Henares tiene la calle con soportales más larga del mundo.
Desde la Magistral a la plaza de Santa María anida, bajo columnas de variada traza, todo el comercio de la ciudad, un mercado rectilíneo de dos aceras que antes fue judío, cristiano y moro y ahora es maragato y alcarreño, montañés y manchego, murciano y cacereño, reflejo justo de la nostalgia que traen en sus paladares los estudiantes desde hace tres siglos.
Como de acuerdo, los tenderos de la calle Mayor han salido al paso de los estudiantes. Del colmado del señor Anselmo han recibido ristras de morcillas, chorizos y morcones, candeales recién horneados de la tahona de Jabardo, frutas del Cuco, quesos, aceites y bacalaos de la cerería de Quer, hortalizas de la señora Conce, chuletillas de corderos y asaduras de Chucuelin, congrios y calamares del Avispa, el pescadero; cazuelas zamoranas de la cordelería de Juarranz, sacos de carbón del Bizco, dos turgentes pellejos de vino del mesón de los Quijada y un sinfín de torrijas, almendrados, costradas y roscas que han recompuesto el temple estudiantil, desagraviarlo por su vecindad.
En la calle de los Colegios, que es trasera de la Universidad y junto a la puerta de los carros, por la que salen del Patio Trilingüe los alumnos descalificados, hay un recinto baldío donde, desde antaño, paran arrieros y viajeros del Camino de Guadalajara, que corre junto al río Henares. Sobre tablones y borriquetas se ha dispuesto una larga mesa donde malamente cabe el prodigio de los sustentos recibidos, ante los que se ha evocado la mística glotona del Juan Ruiz, el Arcipreste, nativo de Alcalá precisamente, quinientos años. También las tentaciones de Gabriel Téllez, el monje farandulero o la picardía de Quevedo, experto en ayunos, dos buenos antecedentes de la vitalidad estudiantil complutense. Reconfortado el estómago, que es el más frecuente de los territorios físicos del ánimo y del talento, se ha redactado, por voluntad de la comunidad estudiantil, un tarjetón dirigido a la nueva doctora en Letras que dice:
“Los alumnos de la Universidad Complutense felicitan a la primera doctora de España y la convidan a las Migas ilustradas y otras viandas que en su honor servirán mañana para todo el pueblo de Alcalá donde, si acude, quedará también graduada en buenas maneras que es doctrina universitaria primordial”
Motivo y ocasión con el que quiso estrenarse la primera Hostería de Estudiantes de España.
