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Hace 600 años que el rey de Castilla envió una misión diplomática a Samarkanda. En 1406 Ruy González de Clavijo publicó su “Embajada a Tamerlan”, considerado el primer libro de viajes de literatura castellana.

Fue la espada de Tamerlán, Señor de Samarkanda, el instrumento más pavoroso de Oriente. Nunca la limpió, jamás la envinó, y decíase que el rencor latente de sus víctimas, acumulado en la hoja, causaba mayor infortunio que la muerte misma. Durante veinticinco años de incesantes cabalgadas por todos los vientos de Asia, el sanguinario Amir Timur –Timur el cojo– transformado en Tamerlán –ser de hierro–,  ensanchó el imperio cruel del mismísimo Gengis Kan, su precursor. Durante diez años de arraigo en Samarkanda –cuartel, corte y recreo–, sus límites territoriales sólo los marcó la incertidumbre de sus vecinos, expectantes siempre de su ardor guerrero.

Frecuenté su compañía durante las setenta y cuatro jornadas que permanecí en Samarcanda. Soy, –lo diré cuanto antes– Ruy González de Clavijo. Mi señor el Rey de Castilla, Enrique III, mal llamado El Doliente, me encomendó su embajada ante el Gran Tamerlán para honrar su fama, descreído de que sólo la crueldad diera sentido a tanta hazaña.

Digo ahora lo qué no dije en el relato de mi misión, expurgado en muchos párrafos por mi acompañante y confesor fray Alonso Pérez de Santamaría, quien consideró proclamas a la gula y distracción de la fe algunas revelaciones del encuentro.

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Vi por primera vez a Tamerlán al atardecer del 8 de septiembre de 1404, bajo el arco aterrador de Samarkanda, edificado con infinidad de cráneos superpuestos. Cabal en estatura, macizo y elástico como un turco, vestía holgados calzones de seda negra y prieta casaca púrpura. Con el sol de poniente en el rostro era la viva imagen de la valentía y el poder, distante de todo séquito.

Avancé mi sombra a su sitial y dije mi parlamento:

– Señor de Asia, nada vengo a enseñaros. Me manda con voluntad de alianza Don Enrique, Rey de Castilla, cuyas cartas os entrego.

A lo que replicó su intérprete, sin más consulta que el mirarse:

– Somos tan diferentes, como ocioso es vuestro viaje si nada aprendo de vos y nada os enseño.

Mi diplomacia cortesana encajó la sensatez de sus palabras, antes que el caudillo mongol concluyera la audiencia, por voz prestada de Mohamed Alcají, quien desde entonces fue mi guía:

– Sed bienvenidos y sosegad ahora vuestro viaje. Al amanecer estaréis en el mercado con el gran Tamerlán.

Sé que a los primeros encuentros les conviene la brevedad, pues la impresión es así más turbadora y mueve a mayor intriga.

Bajo la noche afrutada de Samarkanda supe que Tamerlán demoraba su invasión pendiente a la China, so pretexto de recobrar el esplendor de aquella ciudad, doblemente milenaria, que devastara primero Alejandro y luego Gengis Kan. Había desterrado el ruidoso mercado de caballos fuera de sus muros y prohibido a sus huestes el mínimo saqueo a las ricas caravanas de la Ruta de la Seda, complaciente de su solemne, paso por Samarkanda.

Por si fuera poco, los tributos llegados de todos los confines del Asia Central, desatendían los ejércitos a favor de la construcción de escuelas de ciencia y teología, impulsadas por su reciente esposa Bibi Khanym. El propio Tamerlán no parecía disfrutar con otra tarea que la de acudir cada mañana al inmenso mercado de alimentos, para escoger no sólo los manjares de su mesa, sino toda la intendencia de sus ejércitos.

Antes de franquearme el alojamiento, Mohamed Alcají concluyó con preocupación:

– En verdad, mucho ha cambiado, Tamerlán…

Pensé, y mejor no dije, que seguramente los hombres no cambian, sino que se debilitan. Y que las debilidades son emociones nobles que minan los impulsos rudos.

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Me desperté husmeando el viento.

La plaza central de Samarkanda, invadía mi olfato con aromas de jengibre y miel, que el silencio inverosímil de alba vivificaba. Desde la lucerna vi la fachada turquesa del colegio de Shirdar y a su alrededor los silenciosos preparativos de un torrente de manjares volcado ante mi vista. Y entre los tenderetes –sin dar crédito a mis ojos–, reconocí la figura del Gran Tamerlán, deteniéndose en la observación de bestias destazadas, olisqueando hierbas y cecinas, catando aquí un dátil y allá un cidro, cual mayordomo en función.

Apresurado, decliné los laudes de fray Alonso y me encontré con Alcají para saludar al rey mongol:

– Señor, no madrugué lo bastante y lo deploro, pues deseo acomodar mi tiempo al vuestro, por si puedo serviros.

– Podéis descuidar de ello esta vez, si el amor por el comer no es para vos la devoción suprema.

Controlé santiguarme ante el musulmán.

Recordé para mis adentros como el Sabio Rey Alfonso dejó dicho en sus Partidas que el comer fue puesto para vivir y no el vivir para comer.

– Disfruto del rumor del torrente y me complace el canto de los animales –prosiguió Tamerlán–; admiro el horizonte y la luz que todo lo describe. Templo las pieles más íntimas en el serrallo y con mi propia mano destruyo, si es preciso, a mi enemigo; pero sólo penetra verdaderamente en mí la Naturaleza cuando como.

A mi pesar cristiano tuve que aceptar su discurso, rodeado como estaba de tanta primicia y sabor. La Naturaleza en toda su expresión, de la feroz a la dócil, de la dulce a la acre, de la montaraz a la ribereña, pedía entrar en nosotros, hacerse y ser humana penetrando en nosotros.

Se lo dije a Tamerlán, contagiado de su entusiasmo y su entusiasmo metafísico creció: habló de su secretario, comedor de verduras y soso él mismo cual acelga; de su batallador hijo, soberbio y displicente desde que se alimentaba de tigres; del astuto y resolutivo mercader que saboreaba los guisos de cocodrilo y de los soldados hambrientos que una vez se comieron un niño crudo y jamás volvieron a atender una orden de buena gana.

– ¿Conocéis un modo mejor de diferenciar a los hombres que por lo que comen?, –preguntó–. Pensadlo y participádmelo esta noche en la cena de Palacio.

Así pues, el Gran Tamerlán me proponía un entretenimiento social, una especie de juego de Oriente en el que debería contrincar con su hipótesis de la transmutación anímica de los alimentos.

Aunque no parecía banal su preocupación.

Por segunda vez, en pocas horas, se había referido a la diferencia entre los hombres, reflejo acaso de todas sus preocupaciones vitales.

Recordé que en el Templo de Delfos había leído durante nuestro largo viaje el precepto más ambicioso de los dioses: “Conócete a ti mismo”. Me sentí tentado de pugnar así con su teoría glotona, decirle: “Conócete a ti mismo, Tamerlán y conocerás a los demás”.

Fue fray Alonso, sin embargo, quien encaminó mi trámite, si bien por derroteros menos apostólicos de los que él pretendía.

Revisó los mandamientos de la ley cristiana como manual de conducta: las misericordias corporales y las misericordias espirituales, como pruebas de buena condición; las culpas y las disculpas capitales: soberbia y humildad, templanza y gula, avaricia y generosidad, caridad y envidia y otras tantas más, como moldes del contradictorio carácter de los humanos. No quería saber mi buen capellán que nuestro anfitrión, aunque había derrotado al turco en Angora, era un fanático mahometano, adicto a una religión sin clero ni albedrío.

Más, como digo, acudí a la cena imperial con alguna inspiración.

El firmamento apostaba a mi favor. Miles de estrellas acribillaban los estanques de Samarkanda y una premiosa lluvia de jazmines perfumaba los manjares expuestos en el jardín de Tamerlán: Carneros del Turquestán guisados con albaricoques; francolines con garum y piñones; almidonados de esturión, panes de sésamo y cardamomo, verdolagas y mastuerzo de Babilonia, huevos de paloma con ruibardo, buñuelos de acedera, requesones y frutas de Kustana, la teta de la Abisinia; vinos de arrayán y vinos de avellana y chufa junto a mil deleites más que no reconocí o no recuerdo.

– Mañana seréis distinto, castellano, –sentenció Tamerlán.

– Con todo mi respeto, señor, mañana seguiremos siendo lo que quieran las estrellas, –contesté.

– ¿Tenéis, pues, vuestra clave para diferenciar a los hombres?

No quise prolongar su curiosidad con mucho preámbulo.

Le hablé de los cuatro siglos del Camino de Compostela, ruta mayor de Occidente, que guía una lechosa mancha de infinitas estrellas llamada Vía Láctea, donde Gerónimo, un lunático levantino en peregrinaje a la Ciudad de Santiago, nos enseñó a pronosticar el destino de los hombres. Conté cómo el Castillo de Clavijo, donde nací, preside el Camino de las Estrellas por tierras de La Rioja y, durante las noches del cielo cristalino, se reconocen los signos que forman los astros, doce cuarteles iguales, que causan efectos decisivos en quienes nacen y viven con su influencia.

Tamerlán me apresuró hacia un patio más amplio y escaso de floresta, reclamando una demostración con la mirada puesta en el firmamento. En el círculo zodiacal de septiembre se percibía claramente, mirando al este, la formación estelar de Aries, en su trazo imaginario:

– Pues sabréis, señor, que cuando el sol entra en ese distrito, que suele ser con la primavera y los días son iguales que las noches, nacen seres ingeniosos, prudentes y de ánimo noble, que no serán ricos ni pobres pero guardarán fidelidad a sus amigos. Gentes que sufrirán algún golpe de hierro en su vida y, si se libraran de enfermedad a los 22 años, vivirán hasta los 75. Las hembras del signo del Carnero serán vivas en sus acciones, algo iracundas y, si se casaran, enviudarán.

Percibí entusiasmo y curiosidad en Tamerlán por tanta aclaración y desde aquella noche mi embajada estuvo al servicio del recreo en los manjares durante el día y la descripción de los individuos por la noche, actividades ambas que regocijaban a Tamerlán y le hacían entender su propio destino.

Ahora, cuando los hijos o las viudas de algún ajusticiado reclamaban reparación, solía comprobar su día de nacimiento y manifestaba convencido:

– Su signo era el del Centauro. Fue honesto y venturoso. Acaso fuera injusta su muerte, pero ocurrió exactamente cuando le tocaba.

No celebró un nuevo encuentro Tamerlán sin averiguar la fecha natal de su visitante, al que exigía se comportara de acuerdo con los rasgos previstos. Estaba escrito: los Acuario eran bien hablados y viajeros; los Piscis, muy comedores y complacientes; los Tauro presuntuosos y altivos de corazón; los Géminis, de mucha hacienda; los Cancro, gastadores y alegres; los del León, elocuentes y de gran ánimo; los Virgo, cuidadosos con sus cosas; los Libra, muy familiares; los Escorpio, astutos y porfiados, y los Capricornio, melancólicos e inclinados a la guerra.

Por mi parte me aficioné con la misma curiosidad a los placeres de la mesa y dudo que haya manjar de Oriente que no haya saboreado de una y de otra forma. Reconozco que mi carácter también se ha tornado más complejo.

No sabría decir ya, a qué signo pertenezco.

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Nuestra embajada dejó Samarkanda el 21 de noviembre de 1404.

Durante los festejos de despedida se enfrentó un tártaro comilón de carne de caballo, contra un gigante afgano nutrido con jamones de oso, ahumados al estilo ruso. El combate fue bravo, pero no fue a muerte, porque según Tamerlán, que consultó los signos y lo decidió, a ninguno de ellos les había llegado su hora.

A quien sí llegó su hora, quién sabe si puntual, fue al propio Tamerlán, mientras regresábamos de nuestra misión. Había encargado un mausoleo gigantesco cuya cúpula sería única si el cielo no fuera su repetición.

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Rendí cuentas a Don Enrique III en Alcalá de Henares, el 24 de marzo de 1406. La embajada había durado casi tres años, desde que nos embarcáramos en El Puerto de Santa María un 21 de mayo de 1403. El relato de mi embajada, que publiqué y algunos habrán leído, está mermado de la relación golosa y acaso pagana con Tamerlán, callada primero, pero al fin confesada a mi Rey, que me congratuló con su majestad y sabiduría:

– Comer es en verdad comulgar con los dones del Señor y sólo cuando escasean y no llegan para todos, se reparan con el consuelo del Reino de los Cielos, prometido a quienes no pueden o no saben disfrutarlos. Nada o recriminéis de esta embajada de buen entendimiento. Se demostrará un día que si se trazan líneas de unión entre todas las estrellas del firmamento, se dibuja el rostro de Dios, cúmulo del vigor de todos los hombres que fueron y que serán.

Embajada de Clavijo a Tamerlán