– Da mala suerte
Como casi nadie fuma y pedir fuego es inútil, acercaba la punta de mi cigarrillo a una vela del candelabro gigante que había en una esquina del claustro.
– Da mala suerte
Estaba a mis espaldas y me giré.
Lucía un vestido de cóctel, de esos que cuelgan de tirantes livianos y derraman formas que encandilan.
– ¿Cómo…? –pregunté algo desconcertado.
– Lo mismo que cuando te dan la sal en la mano o se te rompe un espejo. Lo mismo que si se sientan trece a la mesa…, –aclaró entornando una mirada de tizón.
– Lo de los trece lo sé: se juntaron trece a cenar y la cosa terminó en traición y muerte. Es una superstición católica.
– Lo de prender el cigarrillo con una vela debe ser más reciente y menos evangélico. Todavía no está en las amenazas de los paquetes de tabaco, –y me entregó un encendedor plano y plateado.
– No lo pierdas…
La verdad es que extravío los mecheros con la misma rapidez con que los acopio a veces. Llevo media docena o no llevo ninguno.
– No estás para saberlo, pero mi vida es una sucesión de encuentros y extravíos, –dije con aplomo, para hacerme el interesante.
Pero las frases categóricas sólo funcionan bien en las películas y aquella chica arruinó las posibilidades del discurso vital en que pretendía envolverla:
– Conviene conjurar una superstición con otra: nunca fumes ni bebas solo, –así que dispuso de mi cigarrillo recién prendido y tuve que encender otro.
Acabábamos de escuchar un concierto de música sefardí interpretado por el quinteto de cuerda de Jordi Savall en la Colegiata de San Vicente, un templo lombardo con más de mil años que sigue convocando silencios y trinos medievales.
El público se dispersaba por el atrio hacia los vericuetos del castillo de Cardona, atravesando cercos góticos y estancias solemnes camino del comedor o las habitaciones del Parador.
– ¿Estás sola?
– Si te refieres a si vine sola, sí que vine sola. Ahora estoy contigo, ¿no? A no ser que quieras que desaparezca… –tenía un tono zumbón y un gesto entre pícaro y cariñoso.
– Al contrario. Quiero que te quedes. ¿Tienes apetito?
Contestó con una especie de paradoja subliminal:
– La música me llena de huecos.
Creo que sólo tolero lo fortuito cuando hay una mujer por medio. El vértigo femenino me conmueve y cancela cualquier otro propósito. No lo considero una debilidad. La oportunidad de penetrar en la individualidad femenina me alienta y emociona hasta la imprudencia. En aquella situación repentina crecía una incertidumbre galante muy prometedora. Aunque había quedado a cenar con Néstor.
– Pero no podremos cenar solos, –la informé.
– Con tu mujer, quizás –preguntó o afirmó con algún deje de contrariedad.
– No, no; claro que no. Cenaremos con Néstor, mi compañero de las setas. Ya verás que personaje.
Cada otoño dedico algunos fines de semana a buscar hongos. El castillo de Cardona, donde se ubica un Parador turístico, está en el centro geométrico de Cataluña, la comarca más setera de España. Me aficioné por simple curiosidad gastronómica y como alternativa deportiva al golf, actividad en la que no prosperaba. Luego me fascinó la magia del brote espontáneo, del vegetal recóndito vecino del caracol evidente y del gnomo fantástico. Sin embargo fue Néstor, con su pragmatismo peculiar, quien me instaló en los gozos de aquel de club hermético de gentes que aguardan las lluvias y el sol templado para dispersarse por el monte con una inocente cesta:
– Todo consiste en vislumbrar colores, –decía. Si vamos a níscalos, penetra en el bosque con la mirada puesta en el color naranja y con suerte también encontrarás alguna amanita cesárea o los cartílagos sabrosos de la oreja de gato, que pueden saborearse crudos. Si vas a por llanegas, piensa en negro. Los rebozuelos y las senderuelas pertenecen al amarillo, los fredolic al gris, los verderol al azul…
Néstor es un bon vivant que posee la rara habilidad de domesticar las cuestiones más complejas. Aquella tarde había prescindido del concierto sefardí a cambio de una siesta tras la jornada setera en los pinares de Berga, donde almorzamos primicias de nuestra propia cosecha. Me aguardaba para cenar y se atusó el mostacho al verme acompañado.
– Soy Mari, –y así me enteré de su nombre- Mari Cardona.
Cuando estaba Néstor, no hacía buen o mal tiempo, hacía Néstor y me percaté enseguida de que iba a acaparar la velada con su ancha y afinada conversación:
– Llamarse Cardona en el castillo de Cardona obliga mucho, señorita. La sal inmensa de la Montaña de la Sal es la mítica piedra cáustica que fundamenta su propio apellido. Esa sal tan compleja es su sal –siempre galanteaba con mucha oportunidad y trascendencia–; un tesoro de la naturaleza que rodea esta fortaleza y la hizo inexpugnable.
– No me digas, –bromeó Mari jovial
– Durante la Guerra de Sucesión, que acabó con la grandeza del imperio español –informó Néstor–, los habitantes del castillo de Cardona resistieron un asedio de tres meses alimentándose con el caldo de un gran pedrusco de sal que introducían una y otra vez en la olla comunal.
– ¿Quieres decir que se alimentaron de sal hervida?
– De sal de sodio, pero también del magnesio, del hierro y del calcio; del zinc, del fósforo, del yodo y de las muchas sustancias que contienen aquí las humildes y portentosas piedras de la sal de roca.
– O sea, que inventaron los complejos vitamínicos, –intervine pleno de ignorancia.
– Nada de eso. Las vitaminas las inventaron los segadores andaluces triturando ajo y pimiento con tomate, aceite, vinagre y pan duro humedecido con el agua de su botijo, para hacer el gazpacho. Aquello sí que alimentaba de veras. Con el gazpacho se adelantaron a la ciencia de las vitaminas, como reconoció Marañón siglos después. En este castillo se acertó a sobrevivir con aquellos minerales energéticos que pueblan nuestros líquidos orgánicos.
– Cápsulas de revital en versión rústica, ¿no?…, –dije por no estar callado.
La conversación derivó a cuestiones de alimentación y supervivencia. Recordé que del mismo modo que aquella piedra de sal impregnaba de sustancias el agua hirviendo, en los años del hambre de la posguerra prosperó en el medio rural español un oficio patético, el de los llamados ‘estancieros’, propietarios del hueso mondo de un jamón. Recorrían las casas de los pueblos, alquilándolo por minutos, para que bullera en agua en las ollas domésticas, ayunas por entonces de mejor sustancia.
– El apetito y la curiosidad han sido los mejores consejeros del comer –sentenció Néstor. Debió ser desesperado el ingenio y el hambre del primero que se comió un caracol o una de esas setas que ahora buscamos y saboreamos con tanto deleite.
Mari asistía a la charla risueña y complacida, aunque con cierto desdén cordial, como de estar al cabo de la calle de todo. A los postres, cuando se ausentó en dirección al lavabo, perseguimos con notable curiosidad y algún apetito aquel caminar etéreo y seguro, que mecía sus formas.
– Tiene mucho peligro, –afirmó Néstor.
– ¿La conoces acaso?, –pregunté
– Claro que no; pero te conozco a ti. Yo me retiro; despídeme de ella, –anunció recogiendo de la mesa la llave de su habitación.
Era todo un señor. Me dejaba expedito el campo perdiéndose el retorno y el poderío de Mari, falsa flaca de elevado paso, lúcida de maquillaje reciente ahora y más dueña que nunca de la situación.
– ¿Qué haremos ahora?, –su mirada, algo devoradora, sugería muchas cosas.
– Podemos subir al bar, –contesté incapaz de proponer audacias mayores. Percibía el magnetismo de su locura y de su sustancia; la sensación de hallarme ante una mujer singular, acaso la mujer de mi vida. Y me habitaba el miedo de perderla si no sabía conducirme con acierto.
– El bar puede ser un buen sitio, –dijo como si estuviéramos eligiendo un escenario.
El bar del Parador se encuentra en lo alto de la fortaleza. Aquella noche no había luna en los ventanales, lo que suele magnificar su intimidad, pero los relámpagos de una tormenta, todavía sorda, iluminaban con su intermitencia El Salí, la poderosa montaña de la sal, con un efecto fulgurante; telúrico y plata.
– ¿Viajas mucho?, –acerté a decir, para mover el diálogo.
Emitió una especie de exclamación evocadora mientras sacudía su melena:
– ¡Viajo, sí; pero me horroriza llegar! Me fascina el trayecto y detesto el destino. Como necesito elegir sucesivos rumbos para disfrutar del viaje, a veces envío por delante el equipaje hasta lugares remotos y me obligo a itinerarios desconocidos. Pero voy demorando la llegada en dispersiones nuevas. Atesoro la alegría de andar y me horroriza llegar. Prefiero ser, más que estar…
Arreciaba el temporal y un trueno penetró en la estancia. Mari se asió de mi brazo con un estremecimiento, como si llevara la tormenta dentro. Me llegó el aroma de su carmín, con una voz de pena antigua:
– Háblame de ti…
No se hablar de mí fluidamente y menos cuando la situación me intimida. Traté de enhebrar mi confidencia con el tono de su parlamento anterior:
– Mis viajes, sin embargo, son huidas. Me convertí en una persona de grandes propósitos y los afanes calculados conllevan riesgos de perfeccionismo y de frustración; de rutina y de tedio. Me escapo cuando consigo que los compromisos no me atrapen del todo y aprecio entonces imprevistos como este, que voy percibiendo como el más venturoso de mi vida… Trasmites sensaciones y me engancha tu estilo. Me gustas. Me gustas por dentro y por fuera, –y estampé un beso sincero en la mejilla.
Fue la noche del apagón. Tronó el recinto de nuevo y la palidez fantasmagórica de las luces de emergencia iluminaron el silencio inverosímil del bar, interrumpido el hilo musical y el rumor de las palabras, tan difíciles casi a oscuras.
Una camarera se acercó a proporcionarnos una diminuta linterna:
– Los ayudará a llegar a la habitación…
El Parador de Cardona es un laberinto de escalinatas y estancias acopladas en los desniveles de un castillo milenario de múltiples flancos. De día propicia confusiones mágicas y chocantes, pero en la oscuridad inquieta y confunde. En una de sus encrucijadas el dilema del trayecto a seguir provocó que chocáramos y la humedad de su boca me acogió blandamente. Palpitaron luego nuestros cuerpos y nos estremecimos de gozo en un abrazo jadeante que precipitó la linterna a la moqueta. Cuando ordenamos la respiración, juntos aún los cuerpos, pronuncié una torpeza en su oído:
– En la tuya o en la mía…
Transcurrió un largo instante:
– No. Ahora no. No me gusta así. Ven cuando vuelva la luz. Está en esta misma planta: la 302. Ya se llegar desde aquí; no me acompañes, por favor –y se desembarazó de un abrazo que ya transcurría por sus caderas y clavaba turgencias en mi pecho.
Se perdió en el pasillo y me quedé impávido maldiciendo el apagón pero reconfortado por su promesa. Tampoco era tan impropio que las cosas se desarrollaran así. Las pasiones de un día suelen durar un día y aquella mujer merecía en mí expectativas mayores.
Palpando los muros llegué a mi habitación y accioné todos los interruptores. Abrí también las cortinas, tras las que rugía el temporal aún. Extraje del mueble-bar un botellín, que me supo a ron y me calmó, repantigado en el sillón mientras evocaba las secuencias del insólito encuentro. En la ensoñación que me invadía, no detecté el instante preciso en que volvió la luz. Se que me sobresalté y me examiné en el espejo del baño, cambiándome de ropa con urgencia, mientras me salpicaba de colonia.
Eran las cinco y media de la madrugada cuando acaricié la puerta del 302, a la que llegué a golpear con insistencia hasta que escuché un gruñido desconcertante, pero consecuente con la figura que apareció: los bigotes desplomados de Néstor, la mirada condescendiente de Néstor y la voz cavernosa de Néstor eran el espectro grotesco de mis ilusiones:
– ¡Hombre! Por fin resucitaste, -saludó jocundo.
Me sonó a ‘por fin espabilaste’ y me asaltó la sospecha perversa: el viejo bribón había ligado con Mari cuando coincidieron sus ausencias del comedor. Yo había sido el pelele de una aventurera que ahora estaba con él. Me parecía insólito, pero aquel tenorio sabelotodo siempre presumía de que a una mujer se le conquista por el oído y esa era su especialidad.
– ¿Dónde tienes a Mari?, –le espeté sin contemplaciones.
– ¿Mari? ¿Qué Mari? No te entiendo jovenazo –me llamaba así cariñosamente–. Vuélvete a la cama y duérmela sin prisas –como no me había cepillado los dientes con la precipitación, mi aliento debía oler a ron. La tormenta no nos dejará salir hoy al campo.
Cerró la puerta y volví a mirar el número de la habitación. Debía hallarme paranoico sospechando aquello de Néstor. No era él quien se reía de mí, era Mari quien se había fijado en el número de la llave de mi amigo –que estaba sobre la mesa durante la cena– y me había gastado una broma de muy mal gusto después de embobarme. Pero nadie tiene derecho a privar de su destino al prójimo, por más que se excuse en ‘la alegría de andar y el horror de llegar’.
No iban a quedar las cosas así.
Bajé a Recepción.
El conserje de noche me atendió con cortesía, a pesar de lo extemporáneo de mi consulta. Buscó en el ordenador y en sus fichas el nombre de Mari o María Cardona y no lo encontró. Cada detalle que yo añadía para identificarla generaba un nuevo desconcierto:
– Aparentemente, no hay ninguna mujer sola registrada en el Parador. Tampoco se ha marchado nadie desde la tarde. El hotel no está lleno y creo saber quién es quien mirando los coches del aparcamiento. Una mujer como la que usted describe no me hubiera pasado inadvertida, –añadió con picardía y como dudando de mi estado mental.
Desesperado, añadí otra peculiaridad:
– Ella envía siempre su equipaje por delante, días antes de llegar, –dije casi delirante.
– Eso es inadmisible en estos tiempos, –contestó muy serio.
– Por Dios, –insistí indignado. Estaba ayer tarde en el concierto de la Colegiata. Estuve luego con ella en el restaurante y en el bar de arriba…
– Le ruego que no se irrite –dijo con severidad, mirándome por encima de los lentes. Ayer no hubo aquí ningún concierto. El concierto de Jordi Savall, si es a lo que se refiere, se celebrará esta tarde.
Increíble. Una extraña y gratuita conjura se cernía sobre mí y la ausencia de testigos a esas horas de la madrugada, la convertía en más y más alucinante. Regresé a mi cuarto fuera de sí y no comprendo como pude quedarme dormido en aquel estado de nervios.
En algún momento debí soñar con Néstor, tan ceremonioso y pedante, muy atildado y con el bigote enhiesto ahora, acompañando a una guapa camarera. Néstor no dejaba de hablar de setas, que hasta para ligar hablaba de setas, creando una situación grotesca: “la monguis lanceata es muy pequeña y abunda en los prados. Tiene poco valor culinario y a veces se desmorona entre los otros hongos de la cesta. No es venenosa, ni siquiera tóxica, pero desencadena efectos neurológicos y alucinaciones en algunos organismos”. La camarera –ya se sabe como son los sueños–, contestaba incongruencias de lo más cómico: “pues para eso son las llaves maestras; para las emergencias”.
Anochecía cuando desperté sobresaltado.
La iluminación de la Colegiata anunciaba el comienzo del concierto y el vértigo final de mi melodrama. Instrumentos y voces recrearon los romances de la diáspora sefardí, mientras yo perseguía entre el público la plenitud de Mari, equivocándome en cada ilusión. Las espaldas, los gestos, el cabello y las miradas de cada mujer me devolvían repentinamente su imagen y luego su presencia se desvanecía sin componer del todo aquella figura mágica y esquiva. Era todas, pero ninguna era ella.
El concierto concluyó con el alarido melódico de una balada premonitoria: ‘Yo m’enamorí d’un aire’ y el público aplaudió mucho mientras yo salía al claustro para prender un cigarrillo con un encendedor plano y plateado. Lo conservo.
Y aún la busco.
© Luis Cepeda, 2006